Vidas de la calle. Memorias alternativas: Las Cajoneras de los Portales

Blanca Muratorio, en colaboración de Erika Bedón

“…Como ya dije, desde que hay antecedentes históricos de su presencia en el Centro Histórico, en el siglo XIX, las cajoneras se ubicaban principalmente en los portales de las plazas principales, lugares de gran confluencia de público y centro en esa época de las prácticas sociales, económicas y culturales de la aristocracia que se autodefinía como ‘gente decente’, así como del ir y venir de todos los otros grupos sociales que de una manera u otra conducían allí sus asuntos cotidianos.

La densificación y el desarrollo urbano que se producen en Quito en las últimas décadas del siglo XIX, traen aparejado el incremento importante de las actividades comerciales y nuevas disputas sobre la ocupación del espacio. Si bien el sector aristocrático ya gozaba de sus rentas agrarias y de su participación en las altas finanzas, aprovechaba las nuevas oportunidades económicas con el arriendo de los bajos de sus viviendas principales, en la zona del centro, para el establecimiento de pequeños almacenes, negocios o talleres (Kingman 2006:192-193). Por su parte, este nuevo estrato social de comerciantes urbanos en ascenso se ve motivado a compartir con la aristocracia los mismos valores hacia la propiedad y hacia la ‘exclusividad’ moral y estética del uso del espacio público en su esfuerzo por alcanzar, no sólo su prosperidad económica, sino también el más elusivo capital cultural de ‘la decencia’.

En 1902, por ejemplo, el comerciante César Mantilla solicita desalojar a una cajonera de la primera tienda del portal Salinas, con el siguiente argumento: “deseo que la Municipalidad me la ceda para arrendarla, con el objeto de levantarla a mejor decencia y prestigio, por el fin especial a que quiero destinarla, adornándola convenientemente para un establecimiento mercantil de venta de libros, útiles de escritorio y agencia de periódicos importantes”. Convencido de “el carácter civilizador y miras levantadas de los jóvenes que actualmente componen el Municipio”, el señor Mantilla no duda que aceptarán su propuesta “extirpando así con mi nueva empresa la venta de baratijas o cajonerías que no tienen ninguna importancia ni decencia apropiadas a la localidad de esa tienda” (Copiadores de actas 1883-1884) (Cursivas de la autora).

Es en contra de estos dos estratos sociales de la aristocracia y los comerciantes urbanos, que las cajoneras deberán luchar por sus derechos a ocupar los portales para sus ventas. Los argumentos en este debate entre el gran capital y sus acólitos y el pequeño comercio informal revelan, con la fresca transparencia del discurso prevaleciente en esa época histórica, las diferencias más profundas entre los valores sociales, políticos y culturales de los patricios y la burguesía por un lado y de las clases populares por otro.

A través del examen de una serie de documentos del Archivo Histórico Municipal de 1883 a 1909 y de algunas imágenes relevantes, nos proponemos recuperar, en lo posible, las voces y la presencia de los sujetos sociales en conflicto, como un precedente para entender los intereses que están por detrás de los recientes y futuros debates por la ocupación material y social del espacio urbano y de la jerarquización de las memorias históricas.

Las voces del pueblo

En 1899 estas dos cajoneras, orgullosas miembros de esa clase “más honrada y laboriosa”, están todavía luchando contra los enemigos de “la parte menesterosa de la sociedad” quienes, “por complacer con ciertos capitales” quieren despojarlas del derecho “inmemorial” de ocupar con sus cajones los portales de la plaza de la Independencia “so pretexto de mejoramiento y progreso” (Oficios y Solicitudes, 1899 mayo 17: 86, 87,88). Mientras que los miembros de la élite invocaban a la república, en nombre del modernismo y del progreso del capital en contra del absolutismo real, las cajoneras afirmaban su derecho al espacio simbólico de la plaza de la Independencia como “legítima compensación de los servicios prestados por (nuestros) esposos é hijos, para el sostenimiento del orden público, y de la sangre derramada en los campos de batalla, para la defensa de las instituciones republicanas” (Oficios y Solicitudes, 1899 mayo 17: 86, 87,88).

No sólo hay, entre la élite y las clases populares, profundas diferencias sobre los fundamentos del sistema republicano, sino también distintas concepciones sobre lo que constituye el ‘orden público’ y la estética del ‘ornato’ urbano. Como ya vimos, en 1883, el vicepresidente del Concejo Municipal y la élite que él representaba, opinaban que los cajones ‘ensuciaban’ y ‘afeaban’ el espacio público, y atentaban contra la cultura y la civilización. Por el contrario, quince años más tarde, la representante de las cajoneras argumenta que “lejos de impresionar a la vista [los cajones y sus rentas de mercaderías] presentan un conjunto simpático de objetos variados graciosa y singularmente distribuidos” (Copiadora de Actas, 1898-1899: N° 585). Por último, mientras los miembros de la élite acusaban a las cajoneras de aferrarse a la tradición y así impedir el cambio social y el progreso del capital, estas últimas demostraban, por su parte, una actitud flexible y realista hacia el necesario cambio urbano al declarar: “y si para consultar las exigencias del verdadero progreso es necesaria alguna reforma compatible con nuestra situación, ofrecemos introducirla previa orden del mismo Concejo” (Oficios y Solicitudes 1898-1899 mayo 17: 88). Este conflicto de intereses entre los dos sectores sociales continuó casi ininterrumpido con idénticos argumentos de ambos lados, durante todo el siglo XX5. Recién, en 1992, parece haber evidencia de que las cajoneras han sido clasificadas como “vendedoras estables y permanentes” en el portal de Santo Domingo (Barriga y Rueda 1997: 21-26)…”

 

Bibliografía:

Kingman Garcés, Eduardo. Los trajines callejeros: memoria y vida cotidiana. Quito, siglos XIX-XX. Quito: Instituto Metropolitano de Patrimonio: Fundación Museos de la Ciudad. 2014. 244 p. * pg. 118 – 124.